SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

¡DIOS SEA BENDITO!

MIRARÁN AL QUE TRASPASARON (Jn. 19, 37)

Cuando algún gran príncipe o señor muere repentinamente, se abre su cuerpo para saber de qué enfermedad ha muerto y, una vez averiguado esto, se quedan todos tranquilos y no se sigue adelante.

Nuestro Señor, estando sobre el árbol de la cruz, dijo con una voz fuerte y firme estas palabras antes de entregar su Espíritu: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu"y, nada más pronunciarlas, entregó su Espíritu.

No podían creer que hubiera muerto, pues había hablado con tanta energía que no se podía sospechar que moriría a continuación o en seguida. Por eso, el jefe de los soldados, vino a cerciorarse de si verdaderamente había muerto y, ya seguro, ordenó que le dieran una lanzada en el Corazón y así lo hicieron, traspasándolo.

Por el Costado abierto le vieron efectivamente muerto, de la muerte del corazón, que quiere decir: del amor de su Corazón.

Quiso el Señor que le abrieran el Corazón por varias razones. La primera, para que viésemos sus pensamientos, que eran pensamientos de amor y dilección para nosotros, sus queridísimos hijos y criaturas suyas, creadas a su imagen y semejanza, y así comprendiésemos el deseo que tiene de darnos sus gracias y bendiciones y hasta su propio Corazón, como lo dio a santa Catalina de Siena.

Es así; las almas devotas no deben tener otro corazón sino el de Dios, ni otro espíritu sino el de Dios, ni otra voluntad sino la de Dios, ni otros afectos que los Suyos, ni otros deseos. En fin, que deben ser todas de Él.

La segunda razón es para que vayamos a Él con toda confianza, a retirarnos y escondernos en su Costado, a descansar en Él, ya que por nosotros está abierto y en Él nos recibe con una benignidad y un amor sin igual.

Verdaderamente, el Salvador, al morir, nos dio a luz por la abertura de su costado... 

(San Francisco de Sales. Sermón del 16 de mayo de 1616. Tomo IX, 79)

Venimos, Señor, a tus pies... y no queremos mirar tu Costado traspasado... cerramos los ojos y alzamos el rostro hacia Ti... y vemos el Amor de tu Sangre derramada... y sentimos el precio del dolor con que quisiste comprarnos... y volveremos a nuestros quehaceres marcados, ya para siempre, por tu Amor infinito... Somos hijos de la Cruz... nacidos de tu Sangre... ¡Haznos, Señor, dignos de tu Amor!