SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

LA EUCARISTÍA Y EL SAGRADO CORAZÓN

La devoción a la Eucaristía y la devoción al Sagrado Corazón no son solamente devociones gemelas, en realidad son una sola y misma devoción. Se completan y desarrollan una a otra; tan perfectamente se funden que una no puede estar sin la otra, y su unión es absoluta. No solo no puede una de estas devociones perjudicar a la otra, sino que se aumentan recíprocamente pues se complementan y perfeccionan.

Si tenemos devoción al Sagrado Corazón, querremos hallarlo para adorarlo, amarlo, ofrecerle nuestras reparaciones y alabanzas, y ¿dónde iremos a buscarlo si no es en la Eucaristía donde está eternamente vivo? Si amamos a este Corazón adorable, querremos unirnos a Él, pues el amor busca la unión; querremos inflamar nuestro corazón con los ardores de este divino foco.

Pero para llegar a este Corazón Sagrado, para asirle, para ponerle en contacto con el nuestro, ¿qué habremos de hacer?

¿Escalaremos el cielo para arrebatar el Corazón de Jesús triunfante en la gloria? Sin duda que no.

Iremos a la Eucaristía, iremos al sagrario, tomaremos la blanca Hostia, y, cuando la hayamos encerrado en nuestro pecho, sentiremos al Corazón divino latir verdaderamente al lado de nuestro corazón.

La devoción al divino Corazón infaliblemente conduce a las almas a la Eucaristía, y la fe, la devoción a la Eucaristía necesariamente descubre a las almas los misterios del Amor Infinito, cuyo órgano y símbolo es el divino Corazón.

Si creemos en la Eucaristía, creemos en el Amor. La Eucaristía es el misterio del Amor. Pero el Amor en Sí mismo es inmaterial e imperceptible; para saciar nuestro espíritu y nuestros sentidos, buscamos una forma en el Amor. Esta forma, esta manifestación sensible, es el divino Corazón.

El Sagrado Corazón, la Eucaristía, el Amor, ¡son una misma cosa! En el tabernáculo, hallamos la Hostia, en la Hostia, a Jesús; en Jesús, su Corazón; en su Corazón, el Amor, el Amor Infinito, la Caridad divina, Dios, principio de vida, vivo y vivificante.

Y más aún. El milagro inefable de la Eucaristía no puede explicarse sino por el Amor. Por el amor de Dios, sí, pero por el amor de Jesús, Dios y hombre. Ahora bien, el amor de Jesús, es el amor de su propio Corazón; para resumirlo todo en una palabra, la Eucaristía no se explica sino por el Sagrado Corazón. La Eucaristía es el culmen sublime del amor de Jesús hacia el hombre; es la expresión última, el paroxismo, si así se puede decir, de este incomprensible amor.

Con todo, sin la Eucaristía hubiéramos podido creer en el Amor; la Encarnación nos hubiera bastado para ello; una sola gota de las amarguras de su Pasión hubiera sido más que sobreabundante para probarnos este Amor. Hubiéramos podido amar al Corazón de Jesús, hubiéramos debido amarlo, creerlo soberanamente bueno, aunque no hubiese llegado al divino exceso de la Eucaristía. Pero, puesto que ha inventado esta maravilla, ¿cómo no amar a este Corazón tan divinamente tierno, tan inexpresablemente delicado y generoso y, me atrevería a decirlo, tan locamente apasionado por su criatura?

Sí, la Eucaristía aumenta, inflama nuestro amor por el divino Corazón. Pero porque sabemos que hallaremos a este Corazón Sagrado sólo en la Eucaristía; porque tenemos sed de unión con este Corazón tan tierno y tan ardiente, vamos a la Eucaristía, nos postramos ante el Santísimo Sacramento, adoramos la Hostia radiante en la custodia, vamos a la Sagrada Mesa con ardiente avidez, besamos con amor la patena consagrada donde la Hostia divina descansa cada día. Rodeamos de honor, respeto y magnificencia el sagrario donde Jesús, vivo y amante, tiene su morada.

Es una impiedad decir que el culto al Sagrado Corazón puede perjudicar al culto Eucarístico. ¿Acaso el conocimiento del amor de Aquel que da, hará despreciar el don? No, cuanto más amemos al Divino Corazón y más sincero, amplio y esclarecido sea nuestro culto hacia Él, tanto más se desarrollará y fortificará nuestro amor hacia la Eucaristía.

(Venerable M. Luisa Margarita Claret de la Touche)