EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

SU MADRE CONSERVABA TODO ESTO EN SU CORAZÓN (Lc. 2, 41-51)

Los santos que murieron de amor sintieron gran variedad de accidentes y síntomas de amor antes de morir. En la Santísima Virgen todo fue distinto, porque igual que vemos avanzar y crecer la aurora, no como en etapas o sacudidas sino como dilatándose en crecimiento continuo, y así la vemos aumentar en claridad y de modo tan igual que no percibimos ninguna interrupción, separación o discontinuidad en su crecimiento, así, el divino amor, crece en cada momento en el corazón virginal de nuestra gloriosa Señora, pero con crecimientos dulces, apacibles y continuos; sin agitación, ni sacudidas, ni violencia alguna.

¡No, Teótimo! no pongamos impetuosidad de agitación en el celeste amor del corazón maternal de la Virgen. Porque el amor, de por sí, es suave, gracioso, apacible y tranquilo. Y si a veces produce asaltos, si da sacudidas al espíritu, es porque encuentra resistencia. Pero cuando el alma le abre el paso sin oposición ni contrariedad, hace progresos apacibles con sin igual suavidad.

La santa dilección pues, empleó su fuerza en el corazón virginal de su Madre sagrada sin esfuerzo, sin violenta impetuosidad, pues no encontraba resistencia ni impedimento alguno.

Como los grandes ríos, que rebotan y saltan con ímpetu y gran ruido en los parajes escabrosos donde hay bancos de rocas y escollos que se oponen e impiden el correr del agua, y, por el contrario, en la llanura corren ondulantes y suaves sin esfuerzo; así el divino amor, si encuentra en las almas impedimentos y resistencias, como en verdad sucede con todas, aunque en diferentes formas, hace violencia, combate las malas inclinaciones, llama al corazón, empuja la voluntad por diversas sacudidas y diferentes esfuerzos... todo ello para hacerse sitio.

Pero en la Virgen María todo secundaba y favorecía el correr de este amor celestial. Los progresos y crecimientos del mismo eran incomparablemente más grandes que en todo el resto de las criaturas; progreso sin embargo infinitamente suave, apacible y tranquilo.                                     (San Francisco de Sales. Tratado del Amor de Dios)

Que nuestro corazón sea semejante al tuyo... que guarde todo con primor y mantengamos la actitud de vivir de acuerdo con la Palabra de Dios.